Una lisa inhibición se gesta en el mundo con millares de brazos estacando los brotes que la civilización se atemoriza trepar, la incitación por reducir los vertiginosos manantiales humanos en meras atrofias acentuadas entre lo lastimero o lo repugnante, con la sacralizada garantía del científico retorcimiento que cifra sobre piedra los talantes espectrales. Pero más allá de la corteza erudita por criar un valle de estatuas, hay un goce en degustar el acorralamiento de la disonancia ominosa, donde la palabra coagula los filosos tormentos en un sinfín de novedosos trastornos inmortales, debido a que el ansiado apogeo de la inmunidad anímica torna una astuta moral entramada con la sanidad, una ilustración enervada por incrustar las potencias de la rústica vorágine en un mecanizado eclipse que distribuye un anémico refugio. ¡Qué gigantesco apetito por la delicia de enfermar cada azul aspereza en nombre de la gloria del progreso!
Con vehemente devoción se han acurrucado las conductas en los salvadores terciopelos que compaginan a cada nubazón en los huertos de lo venenoso, una fastuosa euforia por conservar la potestad de los carriles salutíferos, que no han hecho más que respaldarse en hilarantes serpenteos. ¿Acaso ésta ensoñadora manía no es una carroñera maniobra de resolutiva cobardía? Sin embargo, hay quienes se alivian en cuanto son explicados. Sólo se amplifica el temperamento al asumir que se está condenado, sumergido en la gélida pesadilla de lo inconveniente, pues no hay escudo contra el ácido viento que envuelve a los huesos. Desde ya el futuro cuenta con abundantes harapos que intentan repletar el abismo, pero la escasez insolente retorna con sus tenebrosas ascuas para estorbar a las podridas comodidades y diluir los diminutos laberintos de blanco cemento.
Ya declina la era enfrascada
por hacer de lo humano su cima, nada frena a la demoledora pujanza que nos
constituye para ser una dulce despedida,
el trinar de los tiempos lapidarios que se abren a la estela de la
oscura incertidumbre con el crujir disonante en que las manos frotan el
oceánico desamparo. La pureza de existir consiste en ser corroído con altiva
desnudez, de ello emerge la plateada valentía que sobrepasa los razonables
diagnósticos para consolidarse
en los inseparables pozos indómitos. Los frutos maduran con la
temblorosa desmesura que se inserta en lo inmenso, donde la remota lentitud
evanesce todo el hedor acucioso de las galardonadas facultades humanas. Basta
con fluir hacia el encuentro del extravío boreal para que la insólita
metamorfosis obedezca a los cristales soterrados, la existencia no es más que
una oscilación entre el desgarro o la muerte.
B. Pezzopane