¡Tan colmado ha quedado el mundo de las estrechas torpezas modernas, que ninguna maquinaria ni mucho menos algún vestigio humano, compensará por medio de erudita cautela los azotes dados a la natura! ¡Cuán viciado implante es aquel que sólo considera que en nuestras desprendidas manos posan las llaves del triunfo! Todo está arraigado en el oscuro naufragio de los roces metálicos, donde el pétreo nevazón desliza su nefasto aullido contra la edificada polución. Hay que clavar nuestras ramas en los sincopados aromas que suturan las cenizas del bosque, con la osadía de aproximarse a las monstruosas fronteras de lo soportable, pues el resplandeciente colapso no requerirá mayor soporte del que hoy le sobra para ahogar lo viviente en las arenas de la aniquilación. Sentid como rumia la grotesca crisis y acogedla hasta la pálida hondura de los tendones marchitos.
Los señuelos endulzados por el bienestar de la civilización no han sido más que una fervorosa tuerca que irrumpe la historia sideral, a fin de repletar los círculos feraces con irrespirables aposentos, a través de un rumbo heredado, incuestionado en la médula de su centro, haciendo de la magna vastedad un complaciente ornamento. Demasiado asco inspira la humanidad mientras perdura, tan sólo unos pocos logran pintar el tenebroso horizonte con sus amuletos de ébano, transitando las ruinas mediante un despliegue sigiloso que retiene en sus huellas los rasguños de lo inmenso. Aun así, nada necesita ser resuelto por el ingenuo intento de curar lo acontecido, pues la única potestad que se posee, es la de obsequiar una perpetua ausencia cuando las sedas volcánicas incineren los aglomerados hálitos, ¿no vendría bien acaso, desde nuestra especie, una suave embestida que paralice el griterío?
Entre capullos de argamasa
lastimeramente se ha sobrevivido, con la sorpresa de escasos centelleos que
lograron gravitar en el agreste desamparo, pero es la hora en que la meteórica
curvatura restaure la calma disonante. Quienes se fusionan con la
catástrofe han de encontrar las garras que se ensamblan al eterno reverdecer,
pues con demasía los apresuramientos reflejan las debilidades, basta recibir lo
irremediable en la riesgosa agonía entre el dulce perecer o continuar hacia las
sendas anochecidas. De cualquier manera,
a los habitantes del porvenir les merodea la brisa del lenguaje silvestre, la
instancia latente de gravitar con abierta intimidad los paisajes devastados o
tal vez hacer nuevamente de la tierra un humeante vertedero. Dejad que atruenen
los espacios inciertos para que estalle la riqueza olvidada, algo se enhebra
desde las sombras
B. Pezzopane