En aquel vetusto óleo hecho
sobre tabla de álamo, La Gioconda, se condensa una mirada de distinguida furia,
como el primer encandilamiento de un tornado mayor que con pausada
contemplación se pudiese oír, pues su apreciación amerita luego de someras errancias,
un laberíntico sondeo entre mudas
melodías, dando paso a una soslayada estridencia que cala inesperadamente en
las ruinas que conforman a la humanidad.
El cuadro junto a su juego de sombras desde hace más de medio milenio,
continúan exhalando el bermellón enigma que augura las eternas tierras
azuladas, donde se esfuma cada barniz que arropa los riscos de la existencia,
volviéndose un cráter que absorbe hacia un desgarro intempestivo, una daga que
sobrepasando toda lengua, tiempo y cultura, asevera el claro páramo que como
una puntada boreal atraviesa cualquier entusiasmo y desencanto. No hay cabida
para treguas ni vacilaciones, se llamea la herida nocturna, aquel ámbito de
inquebrantable desamparo imposible de zafar.
La obra pictórica pareciera
advertir con sutileza que cuanto más se intente enaltecer imperturbables
refugios arquitectónicos, mayor será la irrisoria malaventuranza que
permanecerá leal en todo desenlace, los pilares y puentes son apenas sutiles
escombros, que más bien están llamados a ser canoas provisorias contra las
fauces telúricas. ¡Quienes entonen con valerosa disposición los crujidos de
aquel anuncio, apostarán por tomar el riesgo de admitirse en aquella
desprotegida latencia! Y aunque el aullido se atragante con cristales amargos
ante la mortífera inmensidad, toda angustia potencia, siendo un filoso
escalofrío el que corona con un carbonizado velo la lejana virtud. Para
aquellos que han accedido a esta difuminada zona, la ambigua sonrisa elegíaca embiste,
al igual que un inesperado vendaval, contra todo engaño venidero, pues la
agazapada curvatura de labios es el amuleto que retorna al exuberante agobio
que riela a los contornos esenciales.
En las íntimas habitaciones
debiese colgar esta pintura con su sello piramidal, donde como un armadijo que
caza a un intencionado animal, esta obra estremezca a los apropiados, pues al
fraguar los silencios se trae a las cosas los pigmentos de la tundra. ¡Ser como
la escarcha matutina que ha cruzado con altivo temple la noche invernal! He
aquí la almenara que comunica el mensaje perpetuo que encubren los paisajes
estacionales, somos desolación. Que este retrato en cuestión sea el umbral de
alerta para impulsar la aciaga bonanza, donde la angustia con su frío ardor expanda
la temeraria serenidad que nos habita, pues el verdadero dominio es aquel que
sobrevuela los goces y pesares comprendiendo las insignificancias humanas,
obedeciendo a lo irremediable y aspirando a los gladiolos del futuro primitivo.
B. Pezzopane