domingo, 23 de agosto de 2020

Sonrisa elegíaca


En aquel vetusto óleo hecho sobre tabla de álamo, La Gioconda, se condensa una mirada de distinguida furia, como el primer encandilamiento de un tornado mayor que con pausada contemplación se pudiese oír, pues su apreciación amerita luego de someras errancias, un laberíntico sondeo  entre mudas melodías, dando paso a una soslayada estridencia que cala inesperadamente en las ruinas que conforman a la humanidad.  El cuadro junto a su juego de sombras desde hace más de medio milenio, continúan exhalando el bermellón enigma que augura las eternas tierras azuladas, donde se esfuma cada barniz que arropa los riscos de la existencia, volviéndose un cráter que absorbe hacia un desgarro intempestivo, una daga que sobrepasando toda lengua, tiempo y cultura, asevera el claro páramo que como una puntada boreal atraviesa cualquier entusiasmo y desencanto. No hay cabida para treguas ni vacilaciones, se llamea la herida nocturna, aquel ámbito de inquebrantable desamparo imposible de zafar.

La obra pictórica pareciera advertir con sutileza que cuanto más se intente enaltecer imperturbables refugios arquitectónicos, mayor será la irrisoria malaventuranza que permanecerá leal en todo desenlace, los pilares y puentes son apenas sutiles escombros, que más bien están llamados a ser canoas provisorias contra las fauces telúricas. ¡Quienes entonen con valerosa disposición los crujidos de aquel anuncio, apostarán por tomar el riesgo de admitirse en aquella desprotegida latencia! Y aunque el aullido se atragante con cristales amargos ante la mortífera inmensidad, toda angustia potencia, siendo un filoso escalofrío el que corona con un carbonizado velo la lejana virtud. Para aquellos que han accedido a esta difuminada zona, la ambigua sonrisa elegíaca embiste, al igual que un inesperado vendaval, contra todo engaño venidero, pues la agazapada curvatura de labios es el amuleto que retorna al exuberante agobio que riela a los contornos esenciales.

En las íntimas habitaciones debiese colgar esta pintura con su sello piramidal, donde como un armadijo que caza a un intencionado animal, esta obra estremezca a los apropiados, pues al fraguar los silencios se trae a las cosas los pigmentos de la tundra. ¡Ser como la escarcha matutina que ha cruzado con altivo temple la noche invernal! He aquí la almenara que comunica el mensaje perpetuo que encubren los paisajes estacionales, somos desolación. Que este retrato en cuestión sea el umbral de alerta para impulsar la aciaga bonanza, donde la angustia con su frío ardor expanda la temeraria serenidad que nos habita, pues el verdadero dominio es aquel que sobrevuela los goces y pesares comprendiendo las insignificancias humanas, obedeciendo a lo irremediable y aspirando a los gladiolos del futuro primitivo.






B. Pezzopane

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