En las instancias donde se
contempla a un animal sin que este lo perciba, surge a la escena un ser
inquietante, que interactúa dentro de la sinfonía que le rodea, con una
vinculación inaccesible de traducir al lenguaje humano, de la cual se genera una
perturbación por indagar en los límites, dado que hasta ahora se tiende a
describir meramente el comportamiento de objeto a objeto, aun así, además
cabría interrogarse cuales han sido las cualidades que se han destacado de la
animalidad en el desarrollo del conocimiento, aunque más bien, sería cuestionar
que carga moral han tenido dichas características en relación a la influencia
que le han dado a la humanidad, como si esta última se encontrase apartada de
este rasgo constitutivo. Lo cierto es que hay
algo que irrumpe sorpresivamente al apreciar un ser fuera de lo humano en su
habitualidad, pareciese que antes que notase nuestra presencia se encontrara
envuelto en un mundo, en un tiempo y en un color que posee sus ritmos y su
orfandad, pues más que un acto biológico
pareciese un estado musical.
¡Cuánta pureza se ha intentado
obtener tanto en la búsqueda de lo plenamente humano como así también en
contraparte, retornar a la permanente animalidad! ¿no habría que dar paso a la
aceptación de la imposibilidad de fijar una estática forma de ser? Pues cuan
evidente, aunque difuso para muchos, ha sido la caída de las ilusas visiones
que nos conforman como especie, pero a su vez, la curiosidad de conseguir un
comportamiento esencialmente salvaje como meta se derrumba, dado que aunque se
fuerce por alcanzar, la conciencia irrumpe en el mismísimo anhelo. Considerada
esta tensión ¿qué somos? ¿qué ambigüedad de cualidades están siendo
ensombrecidas? Al apreciar la mirada animal, buceando en el océano de sus ojos,
se palpita el acceso a una fuente que impulsa las posibilidades del existir, un
territorio que nos conforma y que al mismo tiempo podemos encaminar, tanto para
enfrentar y porque no, burlarnos de la
eterna danza entre el deseo y el dolor, como a su vez metamorfosear a una
manera de ser que no siga encorsetada, apresada e incluso estancada en idílicas
ensoñaciones.
Somos seres temporales en
suspenso cósmico, seres que aunque diminutos para la eternidad, groseros al
intoxicar la tierra, donde lo queramos o no, nuestros pasos de uno u otro
tamaño intervienen. Se vive en la tormenta,
en la condena de ser. Si ha de considerarse la ferocidad como virtud, que
sea para arar en cumbres o simas, acaso ¿no se ha dedicado demasiado a la mera
saciedad? para mofarse de la pesadilla en que se está, que sea por la potencia
y no la miseria, aunque irremediablemente cada obra sea olvidada al paso de los
siglos.
B. Pezzopane