jueves, 31 de diciembre de 2020

El imperio de la muerte

 ¿Acaso puede obnubilar un ruidoso armazón, la imposición radical que pudre la morada de los respiros? ¿cuántas ocasiones tropiezan con ésta montaña sombría, bramando en atónita torpeza? ¿hasta qué fronteras se repudia madurar el arte de habitar la corriente de golpes donde desemboca el quiebre de lo erguido? ¡Quien habla de bendiciones! Hay una humeante condena a la que estamos amarrados. Ni con lágrimas ni festejos se opaca o suaviza, basta dejar que el paulatino silencio fragüe la disonancia de perecer, así la tonante ladera de ópalos acarrea hacia las fauces del hundimiento. Suele considerarse a la muerte cuando arrasa los cuerpos como si fuera un aislado acontecimiento, pero morir es un transcurso agonizante de nuestra sangre oscura por el océano destructivo.

En momentos de asalto, brotan cristalinas intermitencias que percuten las venas al recordar las fisuras de la piel, no hay ruedas de oro que derroten al imperio de la muerte, por el contrario, lo genuino consta en habituarse a lo que sobrepasa, pues  gracias a aquel vibrar asediante la vida se torna frondosa y todo recae en que aún se está abierto a las taigas desoladas. Pero a lo humano se le tinta extraño ser una ofrenda a la noche rocosa, aún se ensancha a costa de todo junto a pasos aniquilantes en busca de saciedad. Quienes rompan los ruidosos espejos asumen sus ramajes de ébano por donde merodea el veneno vital. Es necesario adentrarse en los páramos de la muerte, sólo entonces, la pertenencia al abismo cobra latido entre el pavor y el ímpetu agobiante por custodiar lo abandonado.

Si alguna vez probásemos una leve eternidad, en breve nos fatigaría su persistente abundancia, pues claman las cenizas de plata por que la apatía sideral absorba los rumbos en la insondable tumba furiosa. ¡Nacimiento! ¡grano mortal! traes contigo los hilos de la extinción, de ti se despliega la corteza que escribe los bordes, aunque tras de aquello un muro rugoso azota el destino. La gracia de un primer movimiento consta en vaciarse con algún instante, y aunque las manos tiznen vergeles, cuan angustiante es comprender la menguante dulzura de la ausencia que ríe  hoja tras hoja, escalón contra escalón, pero cada grandeza surge de este precario estremecimiento. Será suficiente retener el secreto de los hielos para que destellen las sombrías plumas con las cuales se acaricie la tormenta.

 

 

B. Pezzopane

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