¿Acaso puede obnubilar un ruidoso armazón, la imposición radical que pudre la morada de los respiros? ¿cuántas ocasiones tropiezan con ésta montaña sombría, bramando en atónita torpeza? ¿hasta qué fronteras se repudia madurar el arte de habitar la corriente de golpes donde desemboca el quiebre de lo erguido? ¡Quien habla de bendiciones! Hay una humeante condena a la que estamos amarrados. Ni con lágrimas ni festejos se opaca o suaviza, basta dejar que el paulatino silencio fragüe la disonancia de perecer, así la tonante ladera de ópalos acarrea hacia las fauces del hundimiento. Suele considerarse a la muerte cuando arrasa los cuerpos como si fuera un aislado acontecimiento, pero morir es un transcurso agonizante de nuestra sangre oscura por el océano destructivo.
En momentos de asalto, brotan
cristalinas intermitencias que percuten las venas al recordar las fisuras de la
piel, no hay ruedas de oro que derroten al imperio de la muerte, por el
contrario, lo genuino consta en habituarse a lo que sobrepasa, pues gracias a aquel vibrar asediante la vida se
torna frondosa y todo recae en que aún se
está abierto a las taigas desoladas. Pero a lo humano se le tinta extraño
ser una ofrenda a la noche rocosa, aún se ensancha a costa de todo junto a pasos
aniquilantes en busca de saciedad. Quienes rompan los ruidosos espejos asumen
sus ramajes de ébano por donde merodea el veneno vital. Es necesario adentrarse
en los páramos de la muerte, sólo entonces, la pertenencia al abismo cobra
latido entre el pavor y el ímpetu agobiante por custodiar lo abandonado.
B. Pezzopane