Desde hace milenios que la
Tierra expele podridas fragancias por la sangre animal derramada en manos
humanas, un río de cadáveres que fluye hasta el día de hoy, donde los
asesinatos de este tipo quedan neutralizados por una cultura desafectada hacia
dichos artefactos apilados, ¿de qué otra manera podría llamarse a toda fauna
maquinizada que ha alarido en los muros del silencio? La aniquilación sólo toca
las lágrimas cuando se está dentro de un perímetro antropológico y sus
domesticaciones, una moral con anteojeras miserables que evidencia,
paradójicamente, la metástasis que se extiende en el mundo con el gen humano.
La habitual depredación animal
vacila entre el espectáculo y la saciedad, como un coliseo circense desde el
sótano de la historia, ofrendas y tradiciones, festines macabros que en los
últimos siglos se han agigantado colosalmente, un faenamiento donde la modernidad
encuentra argumentos desde la biología y su cosificación nutritiva. Aun así, el
asfixiante lenguaje no ha quedado fuera, quien empuñando sus artilugios
delimita quienes son seres y cuales son carne. A pesar de esto, han aparecido
en ciertos momentos remotos, rarezas humanas que cada cual en su singularidad
se retiene ante el descuartizamiento, y aunque en el último siglo se ha
avecinado un fortalecimiento a esta tendencia, en nuestras venas corre el
veneno de la vida, la masividad continuará avasallando, el porvenir pende de la
antorcha del desprecio humano. El asfalto de la civilización junto a su ruta,
han sedimentado la gloria a la podredumbre de la naturaleza, enalteciendo un
horno de suplicio en toda superficie terrestre, plagando con su propio sudor al
céfiro planetario.
El supuesto súmmum del progreso
humano del cual se jacta nuestra época, mas bien pareciera un cosmético pelaje,
que si bien a gritos se le concibe como una panacea angelical, lo cierto es que
tras de sí ronda un murmullo que descentraliza y desnuda la inconsistencia de
tales vulgaridades, una catástrofe que suavemente manifiesta el inexorable
desplazamiento de la carroña humana, pues hasta ahora, los mataderos son las
catedrales viscerales que se dejan hacia el porvenir, en donde continuarán resonando los cantos
elegíacos del desmembramiento. En esta milenaria narración de la masacre
animal, una embolia se aproxima, el colapso con que la propia natura -por el
descuido que se le ha dado- arrasará con demoledora apatía, pues todo lo humano
se construye en castillos de sangre. Seamos la disidencia de nuestra especie,
sus morteros, la oclusión foránea que
machaque las vigas de la decadencia, un linaje de seres nacidos de la composta.
B. Pezzopane