domingo, 19 de abril de 2020

El hedor de la carne


Desde hace milenios que la Tierra expele podridas fragancias por la sangre animal derramada en manos humanas, un río de cadáveres que fluye hasta el día de hoy, donde los asesinatos de este tipo quedan neutralizados por una cultura desafectada hacia dichos artefactos apilados, ¿de qué otra manera podría llamarse a toda fauna maquinizada que ha alarido en los muros del silencio? La aniquilación sólo toca las lágrimas cuando se está dentro de un perímetro antropológico y sus domesticaciones, una moral con anteojeras miserables que evidencia, paradójicamente, la metástasis que se extiende en el mundo con el gen humano.

La habitual depredación animal vacila entre el espectáculo y la saciedad, como un coliseo circense desde el sótano de la historia, ofrendas y tradiciones, festines macabros que en los últimos siglos se han agigantado colosalmente, un faenamiento donde la modernidad encuentra argumentos desde la biología y su cosificación nutritiva. Aun así, el asfixiante lenguaje no ha quedado fuera, quien empuñando sus artilugios delimita quienes son seres y cuales son carne. A pesar de esto, han aparecido en ciertos momentos remotos, rarezas humanas que cada cual en su singularidad se retiene ante el descuartizamiento, y aunque en el último siglo se ha avecinado un fortalecimiento a esta tendencia, en nuestras venas corre el veneno de la vida, la masividad continuará avasallando, el porvenir pende de la antorcha del desprecio humano. El asfalto de la civilización junto a su ruta, han sedimentado la gloria a la podredumbre de la naturaleza, enalteciendo un horno de suplicio en toda superficie terrestre, plagando con su propio sudor al céfiro planetario.

El supuesto súmmum del progreso humano del cual se jacta nuestra época, mas bien pareciera un cosmético pelaje, que si bien a gritos se le concibe como una panacea angelical, lo cierto es que tras de sí ronda un murmullo que descentraliza y desnuda la inconsistencia de tales vulgaridades, una catástrofe que suavemente manifiesta el inexorable desplazamiento de la carroña humana, pues hasta ahora, los mataderos son las catedrales viscerales que se dejan hacia el porvenir,  en donde continuarán resonando los cantos elegíacos del desmembramiento. En esta milenaria narración de la masacre animal, una embolia se aproxima, el colapso con que la propia natura -por el descuido que se le ha dado- arrasará con demoledora apatía, pues todo lo humano se construye en castillos de sangre. Seamos la disidencia de nuestra especie, sus morteros, la oclusión foránea  que machaque las vigas de la decadencia, un linaje de seres nacidos de la composta.






B. Pezzopane

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