Desde los ancestrales campos
agrarios se ha fortificando la usanza por
la adquisición de alimentos y frutos, donde se cumple una mera
funcionalidad hacia el beneficio humano, una destreza que enhebra un modo de
ser obturado en la ganancia, por el ostentoso regocijo de que toda cosecha
tiene un fin benigno como si este fuese el ámbito gobernante de la natura, la
justificación para omitir sus cantos primordiales. En cuanto se es arrebatado
por momentáneas fisuras macabras, dejaos seducir por la incurable fatalidad que
alienta a la maleza, donde se esculpe la
rústica penumbra, pues detrás de aquellos ligeros arañazos se alberga la espina
abominable. Contra toda pócima que ha
rotado según las épocas para salvaguardar la endeble prosperidad y sus efímeros
peldaños, contra la búsqueda de maquinizar la ingesta de los frutos del
resguardo, sólo se requiere menospreciar
aquellas cándidas intensiones y recibir al rebosante infortunio, la estepa que con sus espaciosas fuerzas
eriazas acalla a toda ilustración.
Demasiado han labrado las
civilizaciones en enclaustradas fincas, entre las seguridades fértiles y sus
ritmos, resultados medibles para fijar las estructuras favorables a la beatitud, como si cada calamidad tuviese
un tratamiento apresado, nítido y definido, un acicalamiento de certezas que
con sorda negación se ajenan de la sagaz inclemencia. La desdicha no sabe de
curaciones ni mucho menos de relampagueantes momentos purificadores, más bien
es la indefensa condición que absorbe en
el anonadamiento ante el abrigador conflicto del destino, el rumiante proceso
que mientras uno respira, es inmortal. Su gélido agobio es el fuego con que la
resignación se yergue y brinda la resistencia para aceptar lo irresoluble, pues
en la condena de existir titilan los sombríos augurios de sobrepasar la piel y
acceder a nuestra intima vegetación, a sus tiempos y movimientos, a las raíces
negras que se comunican con los minerales, y así aferrarse a aquel
desenvolvimiento donde besamos lo caduco, el retorno permanente de la caída, el
vaivén que en el fondo, todo se lo lleva. Quien no le tema al hambre hallará la
sabiduría indómita.
En lo fatídico se cavila
desprotegido de armaduras, crecen los tallos plateados que punzan la tierra
para desgarrar la fragilidad de los infames antídotos, nada impedirá este
desenlace, que la tentación por amortajar los capullos de nuestra especie sea
el farol que atisbe el escalofriante poder de los límites, la entumecida
comprensión que revela los secretos que constituyen a la maleza, pues la vida es infrenable, como a su vez
inútil y hostil, éstas son las alas del conocimiento, para que las lágrimas de
acero se catapulten como esporas en lo baldío. En la escasez se resguarda la
grandeza, una ferocidad vagabunda que erupciona pausadamente retorciendo toda
mezquindad, la persistente vitalidad que se fortalece de lo precario haciendo
de su travesía su única gema. Sólo quienes cedan frente a esta espesura
germinarán en las monstruosidades imprescindibles.
B. Pezzopane