domingo, 3 de mayo de 2020

Botánica de la desdicha


Desde los ancestrales campos agrarios se ha fortificando la usanza por  la adquisición de alimentos y frutos, donde se cumple una mera funcionalidad hacia el beneficio humano, una destreza que enhebra un modo de ser obturado en la ganancia, por el ostentoso regocijo de que toda cosecha tiene un fin benigno como si este fuese el ámbito gobernante de la natura, la justificación para omitir sus cantos primordiales. En cuanto se es arrebatado por momentáneas fisuras macabras, dejaos seducir por la incurable fatalidad que alienta a la maleza,  donde se esculpe la rústica penumbra, pues detrás de aquellos ligeros arañazos se alberga la espina abominable.  Contra toda pócima que ha rotado según las épocas para salvaguardar la endeble prosperidad y sus efímeros peldaños, contra la búsqueda de maquinizar la ingesta de los frutos del resguardo,  sólo se requiere menospreciar aquellas cándidas intensiones y recibir al rebosante infortunio,  la estepa que con sus espaciosas fuerzas eriazas acalla a toda ilustración.

Demasiado han labrado las civilizaciones en enclaustradas fincas, entre las seguridades fértiles y sus ritmos, resultados medibles para fijar las estructuras favorables  a la beatitud, como si cada calamidad tuviese un tratamiento apresado, nítido y definido, un acicalamiento de certezas que con sorda negación se ajenan de la sagaz inclemencia. La desdicha no sabe de curaciones ni mucho menos de relampagueantes momentos purificadores, más bien es la  indefensa condición que absorbe en el anonadamiento ante el abrigador conflicto del destino, el rumiante proceso que mientras uno respira, es inmortal. Su gélido agobio es el fuego con que la resignación se yergue y brinda la resistencia para aceptar lo irresoluble, pues en la condena de existir titilan los sombríos augurios de sobrepasar la piel y acceder a nuestra intima vegetación, a sus tiempos y movimientos, a las raíces negras que se comunican con los minerales, y así aferrarse a aquel desenvolvimiento donde besamos lo caduco, el retorno permanente de la caída, el vaivén que en el fondo, todo se lo lleva. Quien no le tema al hambre hallará la sabiduría indómita.

En lo fatídico se cavila desprotegido de armaduras, crecen los tallos plateados que punzan la tierra para desgarrar la fragilidad de los infames antídotos, nada impedirá este desenlace, que la tentación por amortajar los capullos de nuestra especie sea el farol que atisbe el escalofriante poder de los límites, la entumecida comprensión que revela los secretos que constituyen a la maleza,  pues la vida es infrenable, como a su vez inútil y hostil, éstas son las alas del conocimiento, para que las lágrimas de acero se catapulten como esporas en lo baldío. En la escasez se resguarda la grandeza, una ferocidad vagabunda que erupciona pausadamente retorciendo toda mezquindad, la persistente vitalidad que se fortalece de lo precario haciendo de su travesía su única gema. Sólo quienes cedan frente a esta espesura germinarán en las monstruosidades imprescindibles. 




B. Pezzopane

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