domingo, 17 de mayo de 2020

Inconsistencia sanguínea


Con múltiples máscaras se ha intentado solidificar la supuesta sacralidad hereditaria, el traspaso generacional de facciones y su unificación carnal, donde se han entrelazado las venas de primacías y afectos, por citar algunos bagajes, con un preconcebido hilo que por la simple similitud de la procreación se ha encontrado incuestionado, la sangre por la sangre fluye hacia un futuro donde se extiende ilusamente la propia vida a través de las que le suceden, valorando en sí una maquinación de utensilios, meros medios para prevalecer. La conformación de la familia, aquel accidente de cada natalidad, es el molde que se ha anidado en todas las épocas, incluyendo la nuestra, como el refugio de oro para las descendencias, una concepción que hace ataduras desde la cosificación, un esencialismo con un fracaso escrito desde antes de su origen y la carencia de toda historia entre seres, una montura que al traspasar las primeras décadas de cada infante se desmorona con apacible facilidad.

Pareciera que bajo el mismo techo sólo se sacian las hambres básicas por una obligatoriedad cubierta de múltiples capas de costumbres, y de paso omitiendo el latente deterioro que rodea permanentemente cada relación humana, pues en las casas humean pestilentes hastíos. ¡Cómo si los genes en sí dieran la certeza de poseer un inquebrantable dominio en los vínculos! el tiempo nos habla y refleja cuan situado se está en el abismo, cuan cerca se está del quiebre de toda parentela evaporada en lo yermo. Quienes persisten en vanagloriar los pútridos empalmes familiares por la mera corporalidad considerándola el pilar angular, son decrépitas marionetas  industrializadoras de músculos parlantes, una desastrosa comedia que incluso busca en la tecnología la fecundación para obtener la saciedad de sus mezquindades. En cuanto se saborea la extrañeza en los consanguíneos,  en los pasillos domésticos e incluso en la ausencia de toda nostalgia, es debido a que irrumpe una escabrosa llave de fuego que abre los muros  del amparo,  la estaca volcánica que nos retorna a las residencias primitivas, pues no somos más que una consistente soledad, un percance roído por crianzas fatigadas.

Si se persiste en el fallido intento moral de estabilizar los lazos entre crías y progenitores, se requiere  como en cualquier otro trato, de un latente contacto que irriga, aunque sólo por unas instantáneas necesidades, mundanas anestesias. Ninguna saciedad, por dulce que sea, petrifica los nudos familiares, ni mucho menos otorga una verdadera cercanía, somos silencios inapresables. Toda materia es acompasada por un vals efervescente, el viento que tritura toda fragilidad, y aunque las vivencias pasadas dejan misteriosas huellas, son superadas por la inconsistencia sanguínea, pues la parentela no es un ropaje de armario en una pureza estática, las personas no quedan pero si la leve fragancia de una experiencia anónima que tarde o temprano es igualmente arrollada. Sólo se cuenta con el naufragio por los océanos del mortuorio olvido, en donde al abarloar se comprende aún más la fuerza de las olas que nos desprenden de todo, salvo de las mismas olas.




B. Pezzopane

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