Con múltiples máscaras se ha
intentado solidificar la supuesta sacralidad hereditaria, el traspaso
generacional de facciones y su unificación carnal, donde se han entrelazado las
venas de primacías y afectos, por citar algunos bagajes, con un preconcebido hilo
que por la simple similitud de la procreación se ha encontrado incuestionado,
la sangre por la sangre fluye hacia un futuro donde se extiende ilusamente la
propia vida a través de las que le suceden, valorando en sí una maquinación de
utensilios, meros medios para prevalecer. La conformación de la familia, aquel
accidente de cada natalidad, es el molde que se ha anidado en todas las épocas,
incluyendo la nuestra, como el refugio de oro para las descendencias, una
concepción que hace ataduras desde la cosificación, un esencialismo con un
fracaso escrito desde antes de su origen y la carencia de toda historia entre
seres, una montura que al traspasar las primeras décadas de cada infante se
desmorona con apacible facilidad.
Pareciera que bajo el mismo techo
sólo se sacian las hambres básicas por una obligatoriedad cubierta de múltiples
capas de costumbres, y de paso omitiendo el latente deterioro que rodea
permanentemente cada relación humana, pues en las casas humean pestilentes
hastíos. ¡Cómo si los genes en sí dieran la certeza de poseer un inquebrantable
dominio en los vínculos! el tiempo nos habla y refleja cuan situado se está en
el abismo, cuan cerca se está del quiebre de toda parentela evaporada en lo
yermo. Quienes persisten en vanagloriar los pútridos empalmes familiares por la
mera corporalidad considerándola el pilar angular, son decrépitas
marionetas industrializadoras de
músculos parlantes, una desastrosa comedia que incluso busca en la tecnología
la fecundación para obtener la saciedad de sus mezquindades. En cuanto se
saborea la extrañeza en los consanguíneos,
en los pasillos domésticos e incluso en la ausencia de toda nostalgia,
es debido a que irrumpe una escabrosa llave de fuego que abre los muros del amparo,
la estaca volcánica que nos retorna a las residencias primitivas, pues
no somos más que una consistente soledad, un percance roído por crianzas
fatigadas.
Si se persiste en el fallido
intento moral de estabilizar los lazos entre crías y progenitores, se
requiere como en cualquier otro trato,
de un latente contacto que irriga, aunque sólo por unas instantáneas
necesidades, mundanas anestesias. Ninguna saciedad, por dulce que sea,
petrifica los nudos familiares, ni mucho menos otorga una verdadera cercanía,
somos silencios inapresables. Toda materia es acompasada por un vals
efervescente, el viento que tritura toda fragilidad, y aunque las vivencias
pasadas dejan misteriosas huellas, son superadas por la inconsistencia
sanguínea, pues la parentela no es un ropaje de armario en una pureza estática,
las personas no quedan pero si la leve fragancia de una experiencia anónima que
tarde o temprano es igualmente arrollada. Sólo se cuenta con el naufragio por
los océanos del mortuorio olvido, en donde al abarloar se comprende aún más la
fuerza de las olas que nos desprenden de todo, salvo de las mismas olas.
B. Pezzopane