Cuan usual se ha establecido exacerbar
las experiencias próximas, el apogeo de la instantaneidad como orientación
dominante desde la efervescencia de sensaciones, un iluso frenesí que anhela quedarse con lo primero que le
entregue satisfacción. ¡Qué maltrecho espejismo! ¡Cuánta fe en los decrépitos
trozos de placer que mutilan la glaciación inmortal! Se ha hecho ajeno el
extrañamiento de la distancia, la circunstancia abismante ligada a las
impresiones fundamentales, donde se habilita la comprensión de la precariedad humana.
Hay que dejarse devorar por la penuria, la grandeza de lo abrumante que
murmulla en cada recóndito rincón, desde allí dar paso para diluir la
enclaustrada primera persona y lograr convertirse en un clima horroroso. ¿Con
qué intensiones se ha menoscabado el apartarse, obnubilando sus provocaciones?
En la insoportable irrupción de la vertiente sincopada, como un desnudo rugido
que sobrepasa los caprichos humanos, allí resplandece la vesania vastedad, la
desolación como ámbito condicionante para acceder a los ocultos desenlaces
temporales. ¡Qué lo banal se haga lo más ajeno!
La amplitud que se plasma en
cuanto se toma distancia genera un resquebrajamiento hacia toda ingenuidad y
complacencia, un derrumbe de fervores en donde la noche fulgura, un recibimiento
a la estridencia del devenir, la mordaz degradación hacia todo suceso
encorsetado en el presente, pues la esterilidad del asombro enceguece el
degustar del paisaje. Tal como anuncia la estrella del ocaso la venida
permanente de lo tenebroso, así entonemos rugosos aullidos por la desbordante
nevazón, el sol ha mentido. Se necesita volcar toda existencia hacia la
ineludible fontana inorgánica, la
sabiduría que albergan los pétalos de los minerales con su desarraigado
arraigo, pues cuanto antagonismo hay entre la ausencia y lo lejano, como si
este último no contuviera un tipo inusual de impacto, una perspectiva donde el
espacio de frondoso negror abre campo al deleite de lo perecedero y su
sarcástico juego.
Desde la hondura del
firmamento, tal como las estrellas, ¡que lejos se está de todo! Que este
atributo insuperable de silvestre deliquio aprese la consciencia en los
confines del caos, donde se sitúe cada acontecimiento dentro de un entramado de
aire, pues ante cualquier suposición ¿qué se es, sino un lirio nacido de
montañosas hostilidades? Que la fría ligereza que resguarda la lucidez de este
secreto atraviese nuestros huesos, y quien acepte este trinar melancólico halle
en su arenal el oculto zafiro, aquel bisturí que flagelará el espacio y ensanchará
los tupidos basurales por el excelso oro azul, lo abierto. Todo espasmo que impulse a tomar un
indeterminado tiempo o una solitaria reclusión en el ostentoso vacío, para
albergar con lejanía las vivencias, custodia en sí, la frígida fuerza que nos
aproxima a las nobles tierras inhumanas.
B. Pezzopane