domingo, 5 de abril de 2020

Lejanía estelar


Cuan usual se ha establecido exacerbar las experiencias próximas, el apogeo de la instantaneidad como orientación dominante desde la efervescencia de sensaciones, un iluso frenesí  que anhela quedarse con lo primero que le entregue satisfacción. ¡Qué maltrecho espejismo! ¡Cuánta fe en los decrépitos trozos de placer que mutilan la glaciación inmortal! Se ha hecho ajeno el extrañamiento de la distancia, la circunstancia abismante ligada a las impresiones fundamentales, donde se habilita la comprensión de la precariedad humana. Hay que dejarse devorar por la penuria, la grandeza de lo abrumante que murmulla en cada recóndito rincón, desde allí dar paso para diluir la enclaustrada primera persona y lograr convertirse en un clima horroroso. ¿Con qué intensiones se ha menoscabado el apartarse, obnubilando sus provocaciones? En la insoportable irrupción de la vertiente sincopada, como un desnudo rugido que sobrepasa los caprichos humanos, allí resplandece la vesania vastedad, la desolación como ámbito condicionante para acceder a los ocultos desenlaces temporales. ¡Qué lo banal se haga lo más ajeno!

La amplitud que se plasma en cuanto se toma distancia genera un resquebrajamiento hacia toda ingenuidad y complacencia, un derrumbe de fervores en donde la noche fulgura, un recibimiento a la estridencia del devenir, la mordaz degradación hacia todo suceso encorsetado en el presente, pues la esterilidad del asombro enceguece el degustar del paisaje. Tal como anuncia la estrella del ocaso la venida permanente de lo tenebroso, así entonemos rugosos aullidos por la desbordante nevazón, el sol ha mentido. Se necesita volcar toda existencia hacia la ineludible fontana inorgánica,  la sabiduría que albergan los pétalos de los minerales con su desarraigado arraigo, pues cuanto antagonismo hay entre la ausencia y lo lejano, como si este último no contuviera un tipo inusual de impacto, una perspectiva donde el espacio de frondoso negror abre campo al deleite de lo perecedero y su sarcástico juego.

Desde la hondura del firmamento, tal como las estrellas, ¡que lejos se está de todo! Que este atributo insuperable de silvestre deliquio aprese la consciencia en los confines del caos, donde se sitúe cada acontecimiento dentro de un entramado de aire, pues ante cualquier suposición ¿qué se es, sino un lirio nacido de montañosas hostilidades? Que la fría ligereza que resguarda la lucidez de este secreto atraviese nuestros huesos, y quien acepte este trinar melancólico halle en su arenal el oculto zafiro, aquel bisturí que flagelará el espacio y ensanchará los tupidos basurales por el excelso oro azul, lo abierto.  Todo espasmo que impulse a tomar un indeterminado tiempo o una solitaria reclusión en el ostentoso vacío, para albergar con lejanía las vivencias, custodia en sí, la frígida fuerza que nos aproxima a las nobles tierras inhumanas.






B. Pezzopane

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