En el inesperado desasimiento,
en cuanto el cansancio derrota la conciencia, se desploma la gravitación del
tiempo, la noche triunfa ante la vida en aluviosos dédalos. Un zambullido en el íntimo estruendo de
anhelos, un tifón de enclaustradas erosiones, desde allí gime la sazón. Al
tumbarse en la soñación, difusos
resplandores acompasan el naufragio, una errática niebla cubre el tenebroso
néctar que impulsa el desbordante viaje. La exaltación y deformidad de sucesos,
la fractura de toda lógica en lo experimentado, conforman un hambre desgarrada,
un cúmulo al borde de la pendiente, un limbo en lo inapresable. El vivenciar la
descomposición de la materia en los sueños, azota la carne como glaciares en la
herida, un impacto inestable, a momentos mucho más vívido que alguna
trivialidad en la vigilia.
La franca incomodidad conjuga los
sueños como una lluvia de meteoros, donde en la instensificación y fugacidad
colisiona lo que nos habita del mundo. Diamantes componen el archipiélago, como
huellas que arraigan hacia la tierra esencial, así se nos atrae a la sombra del
bosque. En cuanto nos dormimos la postura horizontal nos transforma en un barro
entre las piedras, en una transición de
aromas, donde el cuerpo pareciera que se desvanece a lo mínimo, un letargo que
se impone desde la asfixiada lucidez. Nuestro ser al
soñar es un cementerio de auroras, como si ventiscas chocasen entre muros de
hierro buscando rasgar la cuna de las vísceras, para que resurjan rayos que calcinen
los valles.
La humanidad se
encuentra imposibilitada de transcurrir como una bagatela, el soñar es la
muestra de nuestro estado disonante, un pantano de nubes que arremete los
apacibles huertos. ¡Qué los cantos oníricos transgredan el alba y su porvenir,
qué la confusión de aquel bramido vaporice las anestesias habituales! De allí
que inevitablemente se necesite atender aquellos momentos de turbado
discernimiento. La nocturnidad es aquel terreno fértil que devela el
entrampamiento del cual se huye, pues el sepulcral barranco en donde se cae, no
es más que una zona donde se oyen las gotas de la muerte, una descompaginación
que resguarda en lo nebuloso sus raíces. Cuanta mayor desfiguración haya en los
sueños, más intenso arde lo deseado, retumba el tiempo, se cruzan épocas y
putrefactas constelaciones. La polución es el estado primordial de lo humano,
una infección que renace cada día al despertar, pues cada acto es un residuo de
la maldición.
B. Pezzopane