¡A galopar hacia la suprema
aniquilación, arrasar caminos para el recibimiento del destierro sideral, hacia
el opacamiento pleno de todo flujo sanguíneo! que esta sea la meta paulatina
que cultive la humanidad, donde cada
evasión por engendrar descendientes se enaltezca como el mayor regalo
existente. Que ni el percance ni mucho
menos algún sentido, posibiliten la continuidad de la natalidad, que la
insostenible expansión sea la decadencia de los tiempos finales, la puñalada contra la desaparición esencial. Toda fuerza
de ánimo puesta en estos cimientos abrirá una forma de morar que vulnerará
hábitos milenarios, trazará sendas íntimas para una cultura del abandono, el
puente hacia la ausencia radical. Es momento de descontinuar el peor de los
encantos venenosos de la naturaleza, conjurar contra todo aliento que procure
por más remoto que sea, el acto de brindar futuro, de prolongar la maldición de
dar a luz.
Aunque la sobrevivencia anhele
imponerse, abramos paso a nuestra despedida cósmica, seamos la transición que
tomará la decisión definitiva en nuestra historia y que por ende, afectará en
el mayor beneficio de la existencia. ¡Qué infortunada mofa ha sido mantener
vigente el espejismo del progreso, la inextinguible esperanza antropocéntrica
de mantener en pie el castillo de naipes! ¡Cuánta degradación se ha generado
por este vago raciocinio de raíz religiosa! Que la vida que quede se focalice
en el noble oficio de limpiar las huellas humanas, sus ruinas y teatralidades,
como a su vez acoger la muerte hacia el eclipsamiento eterno. Que el breve
hálito que resta sea dedicado al empequeñecimiento de lo banal y la búsqueda
del flagrar extraordinario.
Si luego de milenios, posterior
a la presencia humana, se manifestase una afloración de nuevas formas de vida,
con similares capacidades, ¡qué más da! El salto evolutivo que compete es
sumergirnos en la nada, recibirlo como al invierno siberiano; la cura de la
toxicidad irradiada es el desvanecimiento hacia el congelamiento vital. Se comienza a escuchar rumiar la erupción de
este cierre definitivo, un cierre que empieza a contener mayor densidad, pues
el colapso es la melodía fundamental de vivir, somos desmoronamiento. La joya
que marcará nuestro destino será convertirnos en verdugos del porvenir.
B. Pezzopane