Si en una llana y solitaria caminata se dispone diluir las
estridencias mundanas para considerar retorcer y cansar los tectónicos
tormentos, ¿qué área se nos abre atender en este particular transcurrir?
Pareciese que paulatinamente, entre la ausencia y la incomodidad, se cae en un
ámbito que nos ralentiza, nos sitúa en
una especie de tiempo flotante, en un diálogo con aquel sobrepoblado vacío en
el que estamos envueltos. La corporalidad fricciona con el entorno y desde
aquello se encumbra un canto, el cuerpo se acompasa a una melodía
silenciosa, se circula por un laberinto
sin muros.
Pareciera que los pasos, el
hecho de recorrer un espacio abierto y sin rumbo exacto, genera algo de lo cual
cada vez se desconoce más su secreto. Pareciese que mientras se generan más
facilidades tecnológicas se aleja de lo más próximo y vital, ¿cuál será dicho secreto? ¿No habrá que ligar
nuestras silenciosas voces con la tierra y sus perfumes? En el caminar se sitúa
en un tiempo consistente, en aquel que se degusta y se percibe no meramente un
presente fraccionado y segmentado por cada vulgar instante, más bien al
suspenderse en el caminar se percibe simultáneamente un vuelo que hace florecer
un tiempo con una mixtura entre lo pasado y futuro en la vivencia que se
presencia, en donde acontece un distanciamiento cercano.
Existe una saturada condena a
la tecnología, a la cual se apunta culpar, dada la estructuración cultural que
se ha construido desde el ilusorio pecado, donde se excluye una multiplicidad de
factores, tejidos o elementos que se dan para generar una situación
determinada, aun así, cabría más hondo encarar y cuestionar si el concepto de humano no está ya obsoleto, ¿no
sería acaso necesario comprender y poseer una mirada temporalizada, que no sobrevalore
el presente, que sospeche de la instantaneidad del placer o goce, para abarcar
un salto hacia una posibilidad mucho más amplia en el habitar? Si bien a la
tecnología se le utiliza para facilitar y potenciar habilidades humanas, así
también se genera una dependencia medular que atraviesa variados contextos de desenvolvimiento, cosificando las interacciones, costumbres o
comportamientos, sin hacer mención ni ahondar en la gravedad de sus efectos en
el impacto natural, pero ¿es acaso la tecnología la que de forma autónoma se da
de esta manera o más bien es el reflejo tanto de quienes la utilizan como de
sus formas de ser en la amplitud de áreas que se vinculan desde el pasado?
Mientras se respira, la herida vive, se expande hacia nuevos rumbos y busca con
desenfreno utilizar prácticas que anestesien la carencia que constituye a la
humanidad. Quien más completo se desee, tenderá irremediablemente a la
inviabilidad de existir. Se requiere el arte de dominar el tiempo, crear
instancias para deambular en el juego del reposo, aceptar el tedio desde un íntimo vagabundeo contra la
sobreabundancia de sentidos cotidianos manifestados,
como así también dar el espacio para experimentar la angustia de cara a la
nada. Se requiere dar un distendido tránsito desde un éxtasis a otro, fundirse
en la vacuidad desde el mayor despojo. En la lentitud se encuentra el peligroso
tesoro de la vida. Entre caminata y caminata se perciben en el crepúsculo los
últimos rayos que exaltan un antropológico sentido de vivir. ¿Por qué no dar un
paulatino brinco a la extinción?
B. Pezzopane