domingo, 9 de febrero de 2020

Divagaciones al caminar


Si en una llana y solitaria caminata se dispone diluir las estridencias mundanas para considerar retorcer y cansar los tectónicos tormentos, ¿qué área se nos abre atender en este particular transcurrir? Pareciese que paulatinamente, entre la ausencia y la incomodidad, se cae en un ámbito que nos ralentiza, nos sitúa  en una especie de tiempo flotante, en un diálogo con aquel sobrepoblado vacío en el que estamos envueltos. La corporalidad fricciona con el entorno y desde aquello se encumbra un canto, el cuerpo se acompasa a una melodía silenciosa,  se circula por un laberinto sin muros.

Pareciera que los pasos, el hecho de recorrer un espacio abierto y sin rumbo exacto, genera algo de lo cual cada vez se desconoce más su secreto. Pareciese que mientras se generan más facilidades tecnológicas se aleja de lo más próximo y vital, ¿cuál será dicho secreto? ¿No habrá que ligar nuestras silenciosas voces con la tierra y sus perfumes? En el caminar se sitúa en un tiempo consistente, en aquel que se degusta y se percibe no meramente un presente fraccionado y segmentado por cada vulgar instante, más bien al suspenderse en el caminar se percibe simultáneamente un vuelo que hace florecer un tiempo con una mixtura entre lo pasado y futuro en la vivencia que se presencia, en donde acontece un distanciamiento cercano.

Existe una saturada condena a la tecnología, a la cual se apunta culpar, dada la estructuración cultural que se ha construido desde el ilusorio pecado, donde se excluye una multiplicidad de factores, tejidos o elementos que se dan para generar una situación determinada, aun así, cabría más hondo encarar y cuestionar si  el concepto de humano no está ya obsoleto, ¿no sería acaso necesario comprender y poseer una mirada temporalizada, que no sobrevalore el presente, que sospeche de la instantaneidad del placer o goce, para abarcar un salto hacia una posibilidad mucho más amplia en el habitar? Si bien a la tecnología se le utiliza para facilitar y potenciar habilidades humanas, así también se genera una dependencia medular que atraviesa variados contextos de desenvolvimiento,  cosificando las interacciones, costumbres o comportamientos, sin hacer mención ni ahondar en la gravedad de sus efectos en el impacto natural, pero ¿es acaso la tecnología la que de forma autónoma se da de esta manera o más bien es el reflejo tanto de quienes la utilizan como de sus formas de ser en la amplitud de áreas que se vinculan desde el pasado? 

Mientras se respira, la herida vive, se expande hacia nuevos rumbos y busca con desenfreno utilizar prácticas que anestesien la carencia que constituye a la humanidad. Quien más completo se desee, tenderá irremediablemente a la inviabilidad de existir. Se requiere el arte de dominar el tiempo, crear instancias para deambular en el juego del reposo, aceptar el tedio desde un íntimo vagabundeo contra la sobreabundancia de sentidos cotidianos manifestados, como así también dar el espacio para experimentar la angustia de cara a la nada. Se requiere dar un distendido tránsito desde un éxtasis a otro, fundirse en la vacuidad desde el mayor despojo. En la lentitud se encuentra el peligroso tesoro de la vida. Entre caminata y caminata se perciben en el crepúsculo los últimos rayos que exaltan un antropológico sentido de vivir. ¿Por qué no dar un paulatino brinco a la extinción?



B. Pezzopane

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