Mientras se ha persistido en
perfeccionar durante siglos el arte del maquillaje en la historia de la
humanidad, infectándola desde una multiplicidad de caudales, lo cierto es que
dicha tendencia permanece constante e incluso potenciada hasta hoy, siendo el
pilar fundamental la certeza y el determinismo que sostiene cada
concepción. Si ha de considerarse una estrategia que contiene un astuto
camuflaje en el último siglo, es la suavidad con que se pretende construir el
resguardo humano, pues ¿no será precisamente el resguardo el inconveniente
esencial que nos imposibilita acceder al pensar?
En ruinas han quedado aquellos relatos
colosales que saciaban angustias y desolaciones, que brindaban cobijo a
multitudes, aún así, las brasas de dichas ruinas continúan susurrando con
nuevos disfraces, donde llega un punto del camino que exige que el
pensar se desactive para entregarse a abrazar los encantamientos de las
ofrendas que incluyen a las humanidades y sus vinculaciones íntimas: nostalgias
culturales, tecnologías, identidades de tribu, sistemas de funcionamiento
social o religiosidades periféricas, todas estas son algunas de un inmenso
abanico ecléctico que sosiega y enclaustra la existencia en negación a la
apertura abismosa. Se ha cultivado el salto constante y masivo de
entretenimientos, a su utilización desde en un solo ritmo y sentido, del cual
también se genera un soporte y un efecto en la forma en que se transita el
habitar humano. Con la necesaria disposición de reconocer esta colorida y
pantanosa “realidad”, es posible acceder a un espacio más profundo, por ende,
más amplio y desgarrador, donde asumiendo nuestras limitaciones como especie,
se obtiene una cierta libertad en relación con el flujo del devenir comprendido
y configurado actualmente tan sólo como un juego de felicidades constantes,
pero ¿no es acaso esta manera de relacionarnos la mayor negación de nuestra
tensión humana con el sufrimiento y nuestra vinculación con el mundo? ¿acaso el
pensar no requiere asimilar el barrancoso abismo de que cada experiencia, cada
sensación, cada deseo de permanencia pasa y pasa?
Pues si se
busca un pensar que supere esta era, quizás sea necesario como primer
movimiento dejar de sostenerse en las meras abstracciones y abrirse a estar en
el abismo, donde se poetice el lenguaje inspirado por los sentidos y la
naturaleza, entendidos en sus más extensas complejidades y llanuras. Sería así,
un peregrinar en la penumbra, un pensar de oscura luz, que permanentemente
colisiona y visualiza la desesperanza y la intemperie que nos constituye en la
historia del universo. El riesgo de vivir en la inseguridad como una estética
disonante, nos habilita la comprensión del existir y sus devenires en un ámbito
del más propio extrañamiento, siendo un flujo craquelado que nos impacta como
olas a las rocas, donde se genera una forma de ser que si bien alberga un
peligro que confronta las más estructuradas comodidades, justamente es en dicha
situación donde el estremecimiento derrumba o impulsa, pues ¿qué es de la vida
sin el vértigo de navegar en la tempestad?
Bastian Pezzopane