domingo, 6 de septiembre de 2020

Cadencia nocturna


No habrá vanguardia que con novedosas ocurrencias escasamente roce las tierras musicales que ha dejado Chopin en las perpetuidades humanas, no habrá ni siquiera con algún titubeo, quien palpite de similar manera el despliegue de resonancias como aquel artista, pues su genuino alarido lo condujo por deleites abominables. Sus resquebrajadas obras apenas son la mitad de su máscara, que junto al ímpetu por acceder a diurnas evocaciones, conjugan lo que sería una aparente presentación de sí, pero en cuanto es degustado entre instancias dilatadas, se percibe en aquel lento transcurrir la llegada de un aire metálico que anuncia su desnudez inasible. ¿Cómo retenías con tan distinguida belleza la calamidad hasta quemarla en el rebosante éxtasis de tus estridencias Fryderyc?

En el piano sus obras se anidaron, él desde siempre comprendió aquel destino, donde de la tensión del respiro se extraían zafiros que trituran las grandes banalidades, una incisión hecha por el filo relampagueante de los ríos en que se dejaba devorar. La sonoridad de Polonia fue una titilante infusión, no en un encorsetamiento del timbre de sus composiciones, sino más bien una fragancia que lo aceró  al encuentro con sus íntimos tumores que hizo rosas, pues los oleajes fundamentales son aquellos que empujan al abrigo del abandono, allí emergen los auténticos susurros. Las melodías que esculpió poseen una amplitud avasalladora, que con encantos confusos zozobra a los vivientes en la dislocación de lo inesperado,  a través  del tenue desmoronamiento armónico en que se cae hacia la laberíntica taiga, por el necesitado anhelo de engrandecer a la música en sí misma, sin edulcoraciones ni arropamientos, cual hipnótica brisa que gracias a los dones de tiempos extensos se hace ventisca.

Las creaciones de Chopin sobrepasan lo auditivo, más bien son un espacio de rugosa hiedra que atrapa con robo riguroso, puesto que su vehemencia no se haya en los martillazos dados a las cuerdas, su vehemencia en cambio, radica en los elegantes racimos que recolecta su sangre negra. ¡Oh solitario artista, eres una cadencia nocturna que clama en el abismo con temeraria delicadeza, el cántico de tus cánticos germina de lo tenebroso, perteneces a la noche! De esta atmósfera surge un tempano que irrumpe contra todo griterío,  una seda inquebrantable de envolvente tentación, en donde se resguarda el legado esencial de los sombríos túmulos que esconden tu gema.



B. Pezzopane

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