No habrá vanguardia que con
novedosas ocurrencias escasamente roce las
tierras musicales que ha dejado Chopin en las perpetuidades humanas, no habrá
ni siquiera con algún titubeo, quien palpite de similar manera el despliegue de
resonancias como aquel artista, pues su genuino alarido lo condujo por deleites
abominables. Sus resquebrajadas obras apenas son la mitad de su máscara, que junto
al ímpetu por acceder a diurnas evocaciones, conjugan lo que sería una aparente
presentación de sí, pero en cuanto es degustado entre instancias dilatadas, se
percibe en aquel lento transcurrir la llegada de un aire metálico que anuncia
su desnudez inasible. ¿Cómo retenías con tan distinguida belleza la calamidad
hasta quemarla en el rebosante éxtasis de tus estridencias Fryderyc?
En el piano sus obras se
anidaron, él desde siempre comprendió aquel destino, donde de la tensión del
respiro se extraían zafiros que trituran las grandes banalidades, una incisión hecha
por el filo relampagueante de los ríos en que se dejaba devorar. La sonoridad
de Polonia fue una titilante infusión, no en un encorsetamiento del timbre de
sus composiciones, sino más bien una fragancia que lo aceró al encuentro con sus íntimos tumores que hizo
rosas, pues los oleajes fundamentales son aquellos que empujan al abrigo del
abandono, allí emergen los auténticos susurros. Las melodías que esculpió
poseen una amplitud avasalladora, que con encantos confusos zozobra a los
vivientes en la dislocación de lo inesperado, a través del tenue desmoronamiento armónico en que se cae
hacia la laberíntica taiga, por el necesitado anhelo de engrandecer a la música
en sí misma, sin edulcoraciones ni arropamientos, cual hipnótica brisa que
gracias a los dones de tiempos extensos se hace ventisca.
Las creaciones de Chopin
sobrepasan lo auditivo, más bien son un espacio de rugosa hiedra que atrapa con
robo riguroso, puesto que su vehemencia no se haya en los martillazos dados a
las cuerdas, su vehemencia en cambio, radica en los elegantes racimos que
recolecta su sangre negra. ¡Oh solitario artista, eres una cadencia nocturna que
clama en el abismo con temeraria delicadeza, el cántico de tus cánticos germina
de lo tenebroso, perteneces a la noche! De esta atmósfera surge un tempano que
irrumpe contra todo griterío, una seda
inquebrantable de envolvente tentación, en donde se resguarda el legado
esencial de los sombríos túmulos que esconden tu gema.
B. Pezzopane