En la protección del entretenimiento la humanidad ha circulado demasiados siglos recortando, haciendo trozos estériles de los espacios singulares, un goce turístico que flagela la natura o cualquier territorio en una ceremonia de encandilados brincos donde apenas se dimensiona un folleto podrido, aun así, en el último puñado de décadas, esta usanza se ha amplificado hasta magnitudes colosales, donde las maquinadas seducciones enhebran depredadoras arterias que cimentan la sorda rapidez. Sólo el retirado deambular se despoja de los confortables entallados que obturan la pavorosa calma en la amplitud. Se ha hecho de la Tierra un mapa, aquel plano orgánico asfixiado por líneas y fijezas, el gigantesco parque de intensidades fervorosas que tientan a vivencias fotográficas, un salón disecado repleto con tumbas de colorida dicha, destinado a las bandadas de coleccionistas que les es ajeno el tesoro de la ignota aventura.
Con un acarreador
cauce, el turismo acompasa los trazos por donde tutelar con fogosa exactitud
los circuitos del claustro, empleando una polifacética indumentaria donde no
exista la remota resistencia a la adhesión de esta parodia decadente de obra de
arte total, ya que junto a la aliada tecnología conglomeran los engranajes
necesarios para amplificar el sórdido blindaje, pero esta escenografía no
tomaría la consistencia que tiene, si no fuera por el meticuloso timón racional
que apresa los funcionales apetitos humanos en una edificada urdimbre. Un
terreno se comprende en el aburrimiento, al escuchar la sutil invitación de los
rasguños de lo existente, pues quien se abre a la cóncava lentitud acogerá una
rebosante continuidad en la indiferencia del paisaje. ¡Cuán necesario es que el
frío se asome y tensione todas las dimensiones de nuestra especie!
B. Pezzopane